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Artículo La Tercera - Pablo Gonzalez desde Washington

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Mi Profesor es un Espía
por Pablo Gonzalez (Jóvenes Líderes)
Walter Kendall Myers es tan norteamericano como el “American pie”. Es bisnieto de Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono. Su abuelo, Gilbert Hovey Grosvenor—primo del presidente William Howard Taft—es considerado el padre del fotoperiodismo por crear la revista National Geographic y ser su editor por medio siglo.

Myers, mi profesor, nació en Washington DC, donde ha vivido toda su vida. Por tres décadas ha enseñado en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados (SAIS) de la Universidad Johns Hopkins, donde estudié por dos años gracias a la Beca Presidente de la República. Es un intelectual apasionado, de apariencia quijotesca: casi dos metros de altura,  una calva venerable y un largo bigote blanco. Su cortesía aristocrática y sonrisa luminosa seduce a todos.  Sus alumnos lo adoran por sus cátedras fogosas, su erudición histórica y peculiares gestos de entusiasmo en el podio.

El viernes cinco de junio supimos que fue arrestado por espiar para Cuba. El cariño de muchos se transformó en mutismo y decepción. Entre nosotros hay debates sobre sus luces y sombras, y sentimientos irreconciliables desde la admiración a la condena. Como un espectador privilegiado de su dimensión humana e intelectual, me pregunto qué lo impulsó a llevar una doble vida por treinta años.

Perfil de un intelectual

Su pasión es la historia. A sus setenta y dos años, irradia una energía casi adolescente en la cátedra. Nos cautiva con entretelones sabrosos: las intrigas del Congreso de Viena, la paranoia de Stalin, las dudas existenciales de Neville Chamberlain, o los ensayos de danza de la esposa de John Maynard Keynes en el hotel de Bretton Woods. Nos cuenta anécdotas de sus viajes por Europa, Japón o México. Nunca perdía una oportunidad de lanzar su cita favorita: “Los que ignoran la historia están condenados a repetirla”

Una vez le pregunté por qué en EEUU llaman “revolución” a lo que en Latinoamérica denominamos “guerra de independencia”. Con gracia y humildad me respondió que se debía al chauvinismo de los historiadores norteamericanos.
A la salida de clases, los estudiantes comentan con cariño su gesto más particular: agarrar el podio y encaramarse en la punta de los pies, como para elevarse en un rapto de entusiasmo mientras sonríe y desarrolla una idea “fascinante”. La evaluación anónima que hacemos al término de cada semestre es testimonio elocuente del aprecio. “Inspirador”, “el mejor profesor que he tenido”, “comparte su experiencia de vida”,  “voté por él para mejor profesor del año” escriben sus alumnos en la página web.

Un espía por convicción

“Los espías que entregan información a Cuba”, declara un documento interno de la CIA, “son especialmente difíciles de identificar porque actúan por convicción y no por codicia.”  

Kendall Myers trabajó por treinta años como analista de inteligencia en el Departamento de Estado, en la sección de asuntos europeos. En los 80 recibió acceso a material secreto y en los 90 a máximo secreto. Con sus colegas y amigos de décadas conversaba a diario, en la sobremesa, sobre los asuntos más delicados de la política exterior norteamericana.  “Soy un anfibio”, escribe para una conferencia dictada en China, “nado en las aguas académicas y camino en la tierra árida de la política”.

La investigación del FBI afirma que en 1978 Myers hizo un viaje académico de dos semanas a Cuba. En las anotaciones de su diario, incautado en el allanamiento, se lee: “Cuando visité el Museo de la Revolución en la Habana me enteré de la intervención histórica de mi país en la isla, incluyendo el asesinato sistemático de líderes revolucionarios. Sentí un nudo en la garganta.”  
Meses después del viaje a Cuba, un agente lo visitó a él y su mujer para reclutarlos. Le dieron una radio de onda corta que operaba desde su departamento, en el mismo edificio en que viven senadores y jueces. Otros métodos incluían el intercambio de carros en supermercados, emails encriptados y enviados desde cybercafés,  o viajes a Latinoamérica para encontrarse con agentes cubanos. En 1995 entró a Cuba con una identidad falsa y conversó con Fidel por cerca de cuatro horas.
Conciliar lo irreconciliable

El día en que supimos del arresto, el shock fue el mismo para todos. Post-shock, las reacciones son distintas. Los norteamericanos se sienten traicionados. Los europeos y los latinos se lo toman con ironía. “Después de todo”, me dice uno, “EEUU tiene espías en todos los rincones del planeta.” “No es para tanto”, dice otro, “si al final el espionaje es una profesión más, la segunda más antigua”. “Sí es para tanto”, responde una amiga norteamericana, “nuestra seguridad ha sido vulnerada y Cuba puede pasar esa información a manos peligrosas—Irán, Rusia, China, Corea del Norte—Es un acto de traición muy grave. Buscar la confianza del gobierno para luego trabajar contra él. Es vivir como impostor. Hacer creer una cosa a todo el mundo pero ser otra por dentro.”

Entre quienes compartieron ayer el aula conmigo, casi aguantando la respiración para no perder ninguna palabra de las efervescentes clases del profesor Myers, hoy hay mutismo. Ninguna expresión de apoyo. La palabra traición se superpone a todo recuerdo, como una avalancha de nieve que cubre con silencio una ciudad legendaria. “No debes sentir compasión”, me dice una amiga, “él sabía las consecuencias.”
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